domingo, 21 de octubre de 2018

TRAMPA PARA FANTASMAS


Esta vez, Acuña y Biasotto, directores fundadores del grupo Krapp, se ubican fuera de la escena para plasmar su imaginario en otros intérpretes, con una propuesta que mantiene el sello que los caracteriza.
Para empezar a pensar esta obra podemos acercarnos al título.
Una trampa es ante todo un engaño. Sea un dispositivo para cazar animales, o un plan para engañar a alguien. Esta alusión puede referirse a algo completamente absurdo, como intentar atrapar a una figura que no existe o no habita el campo de lo visible: un fantasma. O puede referir a la metáfora del espectador donde se lo incluye en su calidad de entidad genérica y cuasi invisible (fantasmal) desde el proscenio. En ese caso, la trampa podría ser la ficción que la obra despliega y en la que se nos hace caer como público. Parte del juego sobre la representación que manejan los Krapp.
Lo cierto es que Trampa para fantasmas despliega un mundo de imágenes construidas desde el movimiento y el humor, habitual en las creaciones de Krapp, con una perspectiva fantástica.
Parece haber algo que se teme y simultáneamente una burla sobre ese mismo temor. Así aparecen miedos, pruebas, competencias inútiles y delirantes donde se despliegan una especie de habilidades particulares casi bizarras. Todo combinado en un cóctel donde también asoma la vigilancia secreta, el camuflaje de guerra. Como si frente a cada cosa que uno hiciera siempre se encontrara ese gran ojo vigilando.
Los personajes de esta ficción permanecen atentos, se mantienen inmóviles, alertas, tratando de no ser descubiertos por alguien, (¿un potencial enemigo?).
Juegan con ese camuflaje tensionando aquello donde el arte se mezcla con la vida (¿a veces también iluso cómplice de la muerte?). Arte revelador y arte rebelde. Arte que combate, se enmascara, se oculta en la vitalidad de la existencia, se mezcla y simultáneamente se ríe de ser vigilado, da golpes certeros en la llaga.
¿Será que el arte libra sus propias batallas invisibles?
¿Será el arte una especie de fantasma inatrapable?
¿Será que el arte devela la capacidad oculta de transformar de la existencia?

Qué: Trampa para fantasmas
Quién: Dramaturgia y Dirección: Luciana Acuña, Luis Biasotto.- Video y Texto En Video:  Alejo Moguillansky.- Intérpretes: Alejandro Alonso, Francisco Dibar, Ana Inés García, Milva Leonardi, Quillen Mut, Paula Russ.- Iluminación: Matías Sendón.- Edición de sonido: Marcos Canosa.- Post Producción De Imagen: Inés Duacastella.- Música original: Gabriel Almendros Aka Oswld, Gabriel Chwojnik.- Fotografía: Agustín Mendilaharzu.- Arte: Mariana Tirantte.- Asistencia de dirección: Carolina Basaldúa, Paula Russ.- Prensa: Pintos Gamboa.- Producción ejecutiva: Gabriela Gobbi.- Realización: Julio Sosa.-
Dónde: EL GALPÓN DE GUEVARA Guevara 326 Teléfonos: 11-3908-9888 Web: http://www.galpondeguevara.com
Cuándo: Sábado - 23:00 hs - Del 20/10/2018 al 03/11/2018








domingo, 19 de agosto de 2018

MI FIESTA


El cóctel de creadores experimentados que se unió para crear Mi fiesta brinda una producción rica, espesa, habitada por unas miradas que saben cómo construir lo que desean. Así la dupla Mayra Bonard y Carlos Casella, ambos integrantes de lo que fue el potente grupo El Descueve, pone sobre la mesa el saber acumulado en estos años y el talento que ambos poseen. Junto a Matías Sendón en el aporte espacial y la bella iluminación, y acompañados por la música de Diego Vainer, (otros dos que saben lo que hacen) más la colaboración en los textos de Pedro Mairal, el plato está servido para ser degustado con ganas.
Que cada uno lo digiera a su manera.
Mi fiesta invita a festejar. Pero este festejo es íntimo, personal, propio. Toda fiesta tiene sus excesos, su ansiedad previa, su preparación, su momento culminante y su bajón. Acá los ingredientes están combinados de una manera particular, como un plato exótico y antiguo.
El espacio está delimitado por una plataforma de madera que lo ocupa casi en su totalidad y demarca donde transcurrirá la “verdadera” ficción. Diferenciando tiempos presentes y pasados traídos. En este soporte escénico vemos muchos vasos de vidrio, una soga con una copa atada, unos focos de luz. Toda una preparación que genera expectativa desde el ingreso a la sala.
Mientras el público termina de acomodarse, se oye un taconeo en el suelo. Ella llega caminando en sus zapatos de taco, tranquila. Atraviesa el espacio mientras se oye ese sonido que uno referencia (tras siglos de patriarcado) a un sonido femenino, de mujer. Y es un sonido firme, seguro, poderoso. Con mucha calma, se toma su tiempo de espera, manejando con soltura ese espesor.
Desde el inicio se establece una relación con la luz, el espacio y la imagen, que son muy cinematográficas. Se generan atmósferas de preludio que uno puede recortar como en una pantalla. También aparecen otros recursos como el loop, que funciona a modo de reconstrucción, de juego con la memoria.
Entonces el recurso se vuelve parte imprescindible de la dramaturgia. En la secuencia, algo falla, surgen disonancias. El recuerdo se enturbia. Como la vida. Las escenas no son siempre como uno desea.
Así Mayra Bonard parece sumergirse en su memoria y traer al presente relatos de sus inicios en la sexualidad. Con toda la soltura de alguien que tiene experiencia en el manejo de su cuerpo, del espacio y de la temporalidad escénica, comienza a narrar sin dejar de moverse cual bailarina, para construir sentido desde la multiplicidad de recursos que maneja.
En esa intimidad expuesta corre los riesgos necesarios para hacer entrar al espectador en toda la espesura de las situaciones que narra.
Relatos sexuales, relatos sobre hombres, relatos incómodos, se entrecruzan con una barrida de copas, una rotura de vasos o un revoleo de soga que tensiona el ambiente de la sala al igual que las palabras que atraviesan punzantes el aire.
Atada con una soga hasta casi la asfixia, ella es la copa frágil que vuela riesgosamente entre los vasos.  
La musicalidad está presente en el ritmo del texto, en la ansiedad del contenido, en el movimiento violento y sostenido, en los vasos que se deslizan con distintas tonalidades, en la rotura de esos vasos, en el límite, los bordes, el vértigo.
Tonos sonoros o emocionales que construyen una partitura musical. El sonido se relaciona con la atmósfera de un bar, una barra, con el acto de beber. Con la gente, el movimiento, la decadencia. La fiesta.
Ella es un fruto. Es un lugar limítrofe, de deseo. Retoma y expone su cuerpo anhelado, sexuado, atravesado, violentado, creando imágenes potentes que rebosan excesos. Cuando se desnuda, entrega su intimidad como lo fuera en el acto sexual. Se envuelve en celofán, como un regalo, como algo que queda para comer después, como un resto de sí misma. Para quitárselo luego como una piel que dejara atrás.
De esta manera, la propuesta también denuncia los abusos sobre la sexualidad femenina y los sometimientos de su cuerpo. Pone artísticamente de manifiesto los debates presentes, con una perspectiva propia, deconstruyendo viejos paradigmas y reconstruyendo la mujer empoderada que es hoy.

Qué: Mi fiesta
Quién: Sobre textos de: Mayra Bonard.- Idea y Performer: Mayra Bonard.- Vestuario: Cecilia Allassia.- Espacio escénico: Mayra Bonard, Carlos Casella, Matías Sendón.- Diseño de luces: Matías Sendón.- Realización Gráfica: Pablo Bordenabe.- Música: Diego Vainer.- Fotografía: Robert Bonomo.- Asistencia de dirección: Agustina Annan, Cintia Dattoli.- Producción ejecutiva: Marlene Nordlinger.- Colaboración En Adaptación De Texto: Pedro Mairal.- Puesta en escena y Dirección artística: Mayra Bonard, Carlos Casella.- Dirección: Carlos  Casella.- Duración: 60 minutos
Dónde: CENTRO CULTURAL GENERAL SAN MARTIN Sarmiento 1551  
Cuándo: Viernes y Sábados - 21:00 hs - Domingo - 19:00 hs - Hasta el 02/09/2018



miércoles, 8 de agosto de 2018

INSIDE TANGO


Esta nueva creación de Leonardo Cuello es como un viaje interior que se desliza hacia un tiempo no ubicable específicamente. En medio de voces en off de varias mujeres que fueron personajes significativos del tango y de la historia del país, se crea un ambiente que oscila entre el nostálgico ayer y el hoy. 
Esa alternancia temporal de la obra también pone en juego otras oscilaciones.  Entre lo íntimo de la imaginación del autor y lo externo de la representación, entre el tango de escenario y una estética más teatral, o entre lo que pudo ser y lo que fue.
Todo transcurre en blanco y negro como si se tratara de una foto antigua, o como si se configurara un espacio onírico, ámbito que se presta más escénicamente para crear alternancias temporales, emocionales, o disonancias.
Los cuadros de danza tensionan los aspectos más contemporáneos y teatrales del tango con las coreografías más típicas de los espectáculos tangueros. Desde la imaginación creativa del artista, que se apoya en las voces y anécdotas de vida de las mujeres que se oyen en off, hay un acercamiento a lugares que el tango ha estereotipado en sus letras. El amor que no es correspondido, el corazón despechado, la ilusión del que añora, el cariño de la madre, el adiós, la nostalgia del querer, la vida dura y cruel que ya enseñó lo que es sufrir.
Es muy interesante el uso del espacio. La escenografía móvil está creada con unas cuantas mesas que sirven de pared, de separadores espaciales, que construyen cuadros donde se evocan distintos paisajes, o que son hábilmente usadas como plataformas para bailar encima, rodar, pasar por debajo, esquivarlas, saltarlas, para hacer equilibrios.
Esa utilización implica un riesgo que el director sabe correr, explorando de variadas maneras las posibilidades de movimiento, de espacio y de ritmo. Desarrollo que no sería posible sin el grupo de bailarines que lo acompaña, cuya técnica y expresividad aportan enormemente para que se concrete el universo que Cuello desea desplegar.
La obra juega, desde lo sonoro, con tangos más típicos que se intercalan creativamente con las voces de las mujeres a quienes, de cierta manera, rinde homenaje. Ada Falcón, Sabina Olmos, Gricel Viganó, Tita Merello y Eva Duarte. Sus amores, entrega y pasión.
Todo en su conjunto crea una pieza bella, disfrutable, con el ardor del tango, del amor, de la danza y de la vida. Que es lucha, dolor y hermosura.

Qué: Inside tango. Viaje interior
Quién: Baile: Ayelén Alvarez Miño, Juan Pablo Del Greco, Lisandro Eberle, Federico Ibañez, Nuria Lazo, Marilú Leopardi, Milagros Rolandelli, Ivan Romero, Esteban Simón, Laura Zaracho.- Escenografía y Diseño de vestuario: Nora Churquina.- Diseño de luces: magali perel.- Banda de sonido: Martín Jurado.- Fotografía: Pablo Luque.- Diseño gráfico: Billy Petrone.- Prensa: Tehagolaprensa.- Producción ejecutiva: Laura Abal.- Coreografía y Dirección general: Leonardo Cuello.- Duración: 60 minutos.-
Dónde: CENTRO CULTURAL DE LA COOPERACIÓN Corrientes 1543 Teléfonos: 5077-8000 int 8313 Web: http://www.centrocultural.coop
Cuándo: Jueves - 20:00 hs - Hasta el 30/08/2018



martes, 17 de julio de 2018

TANGO IN BLUE


La escena recibe a los espectadores en una atmósfera somnolienta. Entre penumbras, humo, y una ambientación de café concert, se distinguen unos personajes en dos mesitas. Un hombre está sentado al piano al fondo, hay un combinado Winco antiguo iluminado en un lateral al frente y suena música francesa.
Este comienzo “in media res” puede generar en el público la sensación de haber llegado en medio de la historia, como si ya hubiera sucedido algo anterior a su llegada y ahora estuviera contemplando una parte del conflicto.
Ella está sentada en una mesa, y en otra distante, se encuentra un hombre alto. Ambos están solos. Se percibe cierta tensión entre ellos, quizás solo generada por la distancia que los separa y el contraste entre la dimensión de sus cuerpos. De repente el hombre se levanta, quita el disco del Winco y lo rompe.
La propuesta juega con tensiones y deseos en un triángulo que se arma entre los tres intérpretes. La estética contrastante, o al menos llamativa, por la gran altura de uno de los hombres, otorga cierta rareza que permite barajar con la imaginación.
Entre el tango y la danza contemporánea se suceden momentos de baile coreografiado en dúos o tríos que permiten lucir el talento de cada uno con una impronta muy teatral. Ellos bailan, actúan, tocan el piano, cantan. Evocan con ese despliegue plástico atmósferas románticas, antiguas, oníricas.
Juegan con la rareza incorporándola en una construcción de la belleza condimentada con la particularidad de la asimetría, en una puesta donde la ironía y el humor también están presentes.

La música de tangos argentinos se cruza con los europeos, construyendo un tiempo lejano.
Y no es posible evitar las alusiones del título de la obra Tango in blue a Rapsody in blue, una composición creada por George Gershwin en 1924, donde la palabra "blue" del título se refiere tanto al estilo musical blues (canción de este típico género musical norteamericano) como al estado de ánimo blue, que significa en inglés "triste, melancólico". Por lo que entendemos que la pieza dirigida por Ollantay Rojas también intenta evocar un clima melancólico, jugando con el azul que aparece en la iluminación y que colabora con el enrarecimiento de la escena y construyendo situaciones donde la imposibilidad de concretar situaciones sume a los personajes en la melancolía.
La obra, justa en sus gestos bellos y en el despliegue de saberes de los intérpretes, se disfruta como una buena poesía. Con apenas un par de funciones presentadas, deja rebotando en la mente la idea de que lo bueno, si breve, doblemente bueno.

Qué: Tango in blue
Quien: Autoría, Coreografía y Dirección: Ollantay Rojas.- Intérpretes: Urico Eguizábal, Ollantay Rojas, María Laura Zaracho.- Vestuario: Fernando More.- Iluminación: Magali perel.- Edición de sonido: Guillermina Etkin.- Escenografía  y Proyecciones: Agnese Lozupone.- Fotografía: Nicolas Foong, John Galindo, Vero Pestoni, Gabriel Reig.- Arreglos musicales: Martín Jurado.- Producción ejecutiva: Martina Huber.- Producción: Agustina Canavesi, Marina D´Lucca.- Colaboración artística: Silvina Grinberg.-

sábado, 9 de junio de 2018

PULSO


Bajo esa sola palabra que titula esta propuesta se pueden nombrar muchas cosas. Desde el golpeteo que produce la sangre bombeada por el corazón o el ritmo que late en la música hasta la precisión en la ejecución de una acción. El pulso aparece casi como una excusa para hablar (además) de cómo el ritmo del cuerpo, de la iluminación, o de un montaje, construye distintos relatos. Esto es lo que proponen la bailarina Eugenia M. Roces y el director de cine Daniel Saldarriaga, los ideólogos de la pieza.
Vemos una mujer en la zona del proscenio y ubicada en diagonal, la pantalla. Mientras ella se mueve, una cámara la filma y proyecta simultáneamente. El camarógrafo realiza planos cerrados tomando fragmentos, partes específicas del cuerpo, que van a crear sentidos diversos al verse amplificadas.
Así la imaginación puede ir componiendo formas con esas partes que el foco recorta. Ver en la selección delimitada de la cámara algún animal e incluso extrañarse con ese recorte del cuerpo humano descontextualizado por la proyección. Esto sucede también con los movimientos que realiza la performer, con la ondulación o agitación de un brazo o de una mano, gracias a la disociación de la intérprete que maneja el cuerpo con precisión y en sintonía con la mirada de la cámara.
La imagen se distorsiona mediante distintos efectos de multiplicación, barrido, canon o ralenti, de la imagen y del movimiento corporal. Se produce un desdoblamiento del cuerpo, un eco de uno en la proyección del tiempo y el espacio. De esta manera, los sentidos se propagan en el público que puede optar por observar a la bailarina o a la pantalla, tomando la decisión de qué mirar.
Los movimientos recuerdan que en el cuerpo hay un pulsar siempre presente, entrecortado, irregular. Algo que late y que, encuadrado e iluminado de determinada manera, puede modificar su sentido y construir ideas relacionadas a lo erótico o lo terrorífico, de calma o agitación, pasando de la sensualidad al suspenso como si nada. Vuelve a llamar la atención con qué facilidad puede manipularse el sentido de una imagen creando diferentes realidades de acuerdo al lente con que se mire.
El público no queda fuera del juego. La cámara se dirige hacia él incluyéndolo en ese relato múltiple que se construye con la mirada de cada uno.
La obra juega con los sentidos develando que aquello que vemos mediatizado por la pantalla es una construcción que puede generar la ilusión de espacios, tiempos y relaciones que no son tales. En una época donde los medios gobiernan un sentido común que ellos mismos inventan, esta pieza propone reflexionar sobre aquello que consideramos la realidad, desde una mirada joven, inteligente y creativa, con las herramientas del cine y la danza.
Queda ahora abierta otra pregunta ¿Cómo deconstruir un relato instalado?

Qué: Pulso
Quién: Idea y Dirección: Eugenia M. Roces, Daniel Saldarriaga.- Performers: Alejandra Arístegui, Lucia Giannoni, Mijal Katzowicz, Eugenia M. Roces, Daniel Saldarriaga.- Diseño sonoro: Patricio Lisandro Ortiz.- Realización de vestuario y Diseño: MarIanela Castellanos Gotte.- Operación de sonido: Facundo Mauro.- Operación de video y Asistencia técnica: Julián Ospina Córdoba.- Fotografía: Carola Etchepareborda.- Asistencia Coreográfica y general: Lucas Minhondo.- Duración: 45 minutos
Dónde: CENTRO CULTURAL RECOLETA - Junín 1930 - Teléfonos: 4803-1040 Web: http://www.centroculturalrecoleta.org
Cuándo: Jueves - 21:00 hs - Del 24/05/2018 al 05/07/2018


domingo, 20 de mayo de 2018

EL REFUGIO DE LOS INVISIBLES


La obra expresa sin palabras la situación de una familia de inmigrantes, exiliados, refugiados. Podríamos pensar también, que es la situación de aquellos seres humanos que son empujados a migrar por la insensatez de las guerras económicas, la avaricia desenfrenada de un mundo gobernado por la explotación indiferente de todo lo existente. 
En un planeta que va hacia su propia destrucción, una pequeña familia errante lucha por su integridad, así como la vida resiste por su supervivencia.
En un espacio pequeño, apenas unos muebles delatan una habitación de paso, un ambiente que emula el hacinamiento, donde una cucheta o unas sillitas de mimbre, cumplen las funciones de ser todos los muebles. Allí están colgadas las pocas pertenencias que tienen.
El tiempo pasa a la busca de ganarse el pan, esquivando una ley que no los protege, huyendo como delincuentes en una realidad donde la clandestinidad es casi una forma de resistencia.
La música en escena acompaña emocionalmente el desarrollo del relato. Suenan dos guitarras, una luz muy tenue alumbra. En ese universo que la obra toca, hay muchas bellas situaciones con la luz, donde un seguidor da protagonismo a cada mundo interno, al intento de desplegar una madeja de sentimientos que atraviesan la esperanza, el hastío, el miedo, el abandono, el deseo de vivir, el aguante, la entereza.
Así vemos la sutileza de gestos mínimos que sintetizan tanto, como el lustrar los zapatos viejos con saliva para sacarles brillo.
El refugiado es un invisible que parece habitar un lugar otro, ser ajeno, extranjero, exiliado, inmigrante, clandestino, pobre. Y cuya lengua incomprensible suena como un mapa a decodificar.
Pero más allá de la figura casi romántica que puede surgir de este universo escenificado con precisión desde el movimiento, la luz y la música, la obra está poniendo el foco en la injusticia de la persecución, de la soledad, del desamparo de una mayoría que habita el margen del mundo mientras otra parte lo mira desde las pantallas, ajena al sufrir de los demás.
La propuesta de Catalina Briski despliega ese mundo poniendo en escena, como guinda para el público, una danza combativa, una danza anarquista, una danza de reyerta. María Kuhmichel encarna esta lucha física con todo el potencial de un cuerpo que se transforma en campo de batalla, en gallo de riña, en revolución.  
Un cuerpo que encarna una visión de mundo, una posición concreta.
La del arte como política de resistencia.

Qué: El refugio de los invisibles
Quién: Idea y dirección: Catalina Briski.- Actuación: Mariela Bonilla, Ramiro Cortez, Manuel Fanego, María Kuhmichel.- Vestuario y escenografía: Estefanía Bonessa.- Diseño de luces: Paula Fraga.- Video, fotografía y diseño gráfico: Paola Evelina Gallarato.- Música: Tomas Melillo.- Asistencia general: Kevin Litvin.- Prensa: Noralia Savio.- Producción: Puja Producciones, Casandra Velázquez.- Agradecimientos: Centro Cultural Borges, Espacio Sísmico, Teatro Caliban, Liliana Cepeda, Inés Maas, Marie Pascal, Jean Paul, Mauro Podesta.-
Dónde: TEATRO DEL PERRO Bonpland 800
Cuándo: Viernes - 23:30 hs - Hasta el 29/06/2018



sábado, 19 de mayo de 2018

LA MADEJA DE MOEBIUS


La banda o cinta de Moebius es una superficie con una sola cara y un solo borde, si se coloreara la superficie empezando por la cara “exterior”, al final quedaría coloreada toda la cinta, dando cuenta que sólo posee una cara, por lo que no tiene sentido hablar de cara interior y cara exterior. Desde el psicoanálisis ilustra que las oposiciones binarias como interno/externo, amor/odio, presentadas como radicalmente distintas deben ser vistas como continuas.
Teresa Duggan pone en escena el tema desde la figura de una madeja, conjugando la complejidad de la existencia humana en un despliegue plástico de tejidos e historias.
Un grupo de tejedoras murmuran y se mecen mientras entrelazan sus dedos con la lana. Se oye en susurros un texto que se enlaza con sus propias palabras, al igual que ese  ovillo que las vincula a todas, al igual que el pasado se teje con el presente y el futuro.
Entre lanas, alfombras, gorros lanudos con cuernos, vemos a estas mujeres mitológicas. Mujeres que tejen historias, que corporizan entramados colectivos como el de las Horas, esos seres del Olimpo que manejaban el tiempo de las estaciones, como si tuvieran en sus manos los hilos de la vida.
Las escenas se suceden como una respiración. Un pasaje donde las madejas y  agujas de tejer, se transforman en varitas que escriben en el aire, cuernos, banderines, cuchillos, todo lo que la imaginación permite jugar.

Las mujeres tejen el espacio con hilos de colores, construyen una red donde quedan ellas entrelazadas en medio de la vibración de los hilos. Se envuelven en un gran tejido blanco que es superficie, vestido, niebla, humo, viento, nubes. Gracias a la iluminación que pinta sobre el blanco sugiriendo atmósferas oníricas, sangrientas, cálidas, terrenales.
Cada intérprete desarrolla su momento, como estación del año, como energía, como color intensidad. Cada una es parte del entramado de ese universo que construyen juntas. Sin apuros, sin ansiedad, con el andar preciso y sosegado de la mujer sabia.
Finalmente la historia que las acuna y que ellas sostienen se materializa en un árbol de la vida, como una forma de construcción colectiva que las envuelve, de la que ellas son parte con su danza, con su hermandad. Las ofrendas son las lanas, las madejas, esas historias de vida que cada una ha tejido.
¿Cómo ver el entramado cuando uno teje el traje en el que está metido? ¿Qué es lo que queda cuando uno se va? ¿Qué imágenes, recuerdos, memorias permanecen tejidas sobre el lienzo de la vida?
Preguntas que se abren desde las metáforas que despliega esta bella puesta.

Qué: La madeja de Moebius
Quién: Intérpretes: Vanesa Blaires, Maria Laura garcia, Magda Ingrey, vanesa ostrosky, Gabriela Pizano, Laura Spagnolo, Agostina Sturla.- Objetos: Mariela Solari.- Diseño de vestuario: Nam Tanoshii.- Edición de sonido: Eduardo Zvetelman.- Asistencia general: Marilyn Grosembacher, Claudia Valado, Natalia Yagi.- Asistencia técnica: Natalia Yagi.-
Coreografía, Diseño de luces, Puesta en escena y Dirección: Teresa Duggan
Web: https://www.celcit.org.ar/espectaculos/163/la-madeja-de-moebius/
Dónde: CELCIT  Moreno 431 Teléfonos: 4342-1026 Web: http://www.celcit.org.ar
Cuándo: Sábados - 20:00 hs - Hasta el 30/06/2018 Duración: 55 minutos

sábado, 10 de febrero de 2018

DASHUA

Dashua, la palabra que da nombre a esta pieza, desconcierta. Parece un invento que suena a conocido sin que uno pueda apresar su significado. Palabra que roza ese lugar familiar y extraño al mismo tiempo.
El escenario donde se despliega es un fondo oscuro, nublado, cuya puesta revela una especie de laberinto espacial con aberturas secretas, como un lugar inventado que puede ser todos y ninguno.
La iluminación genera situaciones internas y externas que alternan entre la penumbra y las horas de luz, pasando también por la oscuridad total que en apenas un instante pasa por corte directo a la siguiente escena.
Hay dos seres y entre ellos se percibe una relación amorosa conflictiva, con idas y vueltas entre situaciones de tensión, crueldad y destellos de cariño. Parece haber un estado de opresión, tal vez un abuso, pero todo es confuso. También un desdoblamiento del oprimido en opresor. Un juego perverso en la violencia que se ejerce vinculada a lo militar, o a cierta jerarquía, puede ser del ámbito de lo inconsciente,  de lo familiar, de lo histórico, de lo humano.
Las escenas aluden a situaciones dramáticas no delimitadas a un solo sentido. Las metáforas abundan entre un él y una ella, entre el color azul, el rojo, el negro. Colores primarios y firmes que dan pie a relaciones en el universo del espectador. Colores que sobresalen en la película en blanco y negro que pinta la pieza.
La mujer y los aspectos de lo femenino se desarrollan con afecto, un aro en la oreja basta para aludir a este aspecto de cierta coquetería que se juega, sin embargo, frente a un espejo deformante. La necesidad de amor flota como un anhelo nunca cumplido.
Cajas que se abren, puertas que se cierran, escaleras que bajan, baúles con secretos, espacios que se abren hacia un afuera prohibido, nunca visto con claridad.
La atmósfera respira violencia, oscuridad y opresión, generados por contrastes lumínicos que son uno de los puntos fuertes de la propuesta.
Parece una historia antigua como el hombre, que uno siente cercana sin poder cerrar su sentido con definiciones claras pero que sí puede relacionar a la opresión, la perversión, la violencia.
Estos seres que además se multiplican como si fuera un efecto visual cinematográfico, se expresan en una lengua extraña. El hecho que hablen en un idioma desconocido es otro punto fuerte de la pieza, que lleva al espectador a transitar una experiencia más allá de la idea clásica de conflicto, personajes, diálogo, inicio, desarrollo y final que propone una obra teatral convencional.
Este teatro es fuertemente físico, visual, emotivo.
Es un teatro de sensaciones con una plasticidad pictórica muy afinada desde la iluminación, un protagónico fuerte en las obras de Omar Pacheco.


Qué: Dashua
Quién: Idea, guion, diseño de luces y dirección: Omar Pacheco.- Actuación: María Centurión, Valentín Mederos.- Vestuario: Ivana Noel Clará, Lucía Pablo.- Realización de objetos y maquinaria: Hernán Alegre, Kaio De Almeida.- Video: Daniel Gómez, Fabian Pettine.- Operación de luces: Ivana Noel Clará, Agustina Miguel.- Operación de sonido: Samanta Iozzo.-
Dónde: LA OTRA ORILLA Gral Urquiza 124 Reservas: 49575083 / 1140711657
Web: http://www.teatroinestable.com Duración: 55 minutos
Cuándo: Lunes y Sábado - 21:00 hs 

EL BAILE

Como toda obra de danza, esta presentación tuvo también un paso fugaz, pero en este caso fue por el flamante Teatro San Martín y como resultado de una co-producción entre Francia (Le Quai Centro de Arte Dramático Nacional Angers) y Argentina (Complejo Teatral de Buenos Aires).
La directora e ideóloga de la propuesta en sí es Mathilde Monnier, una figura destacada de la danza contemporánea francesa que dirige desde 2014 el Centro Nacional de la Danza en Pantin, cerca de París, y que tiene en su haber la realización de trabajos junto a artistas de otras disciplinas.
En esta oportunidad, Monnier se inspiró en la obra teatral homónima de Jean-Claude Penchenat, sobre la que se basó Ettore Scola para crear la célebre película también titulada El baile. En el film, se ve el paso del tiempo y sus convulsiones políticas y sociales a través de los cambios que se producen en el salón, en el vestuario, en las acciones y relaciones entre los intérpretes. Así se desarrolla un recorrido por la historia de Francia a través del movimiento, la gestualidad y la danza, sin una sola palabra que atraviese la escena.
En la coproducción danzada que se presentó en Buenos Aires, se apuesta a la expresividad de los cuerpos para construir una ecléctica y variada pieza coreográfica que intenta relatar -o al menos, aludir a - fragmentos de la historia reciente argentina, entre la dictadura y el presente, desde la danza y la música.
Llevar adelante tal peripecia puede traernos el interrogante de por qué fue convocada una mirada externa para narrar lo propio. ¿Tal vez para que existiera la distancia posible para ser abordada? ¿Quizás porque aún estamos muy dentro de esa historia como para que sea elaborada y puesta en escena? ¿O es el temor de tocar con mirada crítica –o autocrítica- lo propio, en un momento de tanta convulsión?
La realidad es que en escena pudieron verse un grupo de intérpretes argentinos que pusieron el cuerpo para intentar contar de una manera no lineal, pero sí bien apoyada en la música propia, esa historia que tanto nos conmueve.
El comienzo de la obra fue como un desfile de individualidades donde cada uno se iba “presentando” en su manera de caminar y de mirar al espacio y al público. Como una entrada a un gran salón de baile en el que cada uno se ubica en su silla antes de dar inicio al baile en sí.
Los recorridos musicales que acompañan esta construcción de la historia navegan por distintos estilos. Cumbia, hip hop, reggeaton, cuarteto, chamamé, murga, zamba, chacarera, tango, rock nacional y hasta himnos escolares. Casi todo lo que puede componer el pastiche musical de un argentino.  
Hay escenas creadas como si fueran cuadros de Molina Campos. Con guitarra y payada, además de los sonidos de animales de campo de fondo, arman un pasaje por el folclore nativo más “del interior”.
Tampoco olvida tocar esas canciones que rememoran la escolaridad militarizada argentina donde los himnos patrios suenan como bandas militares. Allí juega con el mundo infantil de una primaria blanca como Sarmiento soñó.
Así pasa, en otro cuadro, por  una evocación del universo “cumbiero” y dibuja ese intento de seducción parodiada donde, mirando al público, los intérpretes se quitan la ropa, como si se miraran en un espejo y ensayaran movimientos para algún baile.
El rock nacional de los ’80 grita presente con varios temas reconocidos por el argentino local que ponen efervescencia en la sala. Luego un fondo de helicópteros y bombardeos donde un malambo dictatorial mezcla las represiones militares con el futbol y el neoliberalismo de los ’90, resuenan tristemente y la platea se agazapa junto a los bailarines.
Los cuerpos tienen sus momentos gloriosos. Explotan en la murga, el carnaval, la fiesta popular. O se devanean sensualmente con un tango montado a lo “Pina Bausch” que deliciosamente recorre el salón uniendo a todos en un dos por cuatro infinito.
No cabe duda de la capacidad de los intérpretes.
Asoma en esta propuesta un atisbo de lo que podríamos llamar “lo popular”, en el sentido de lo excluido, en tensión con una idea de lo masivo. Aparece desde la selección musical y también se reafirma desde el modo, el gesto corporal. Allí se observa una especie de gestus brechtiano congelado. Una gestualidad acentuada, que construye un personaje pero lo petrifica como una caricatura.
Los intérpretes despliegan sólo parte de su potencial dejando ver en sus actitudes corporales una especie de burla de sí mismos. Como si estuvieran presentes pero a la vez tomaran distancia de lo que hacen sin constituirse este hecho en distancia crítica, solo despegándose de ellos mismos, como cuando uno no quiere hacerse cargo. Hay algo ausente en ellos que termina construyendo una obra performática llena de clichés.
Más allá de cuáles hayan sido las intenciones iniciales respecto a la propuesta, lo cierto es que se escuchan chirriar los engranajes.
Si bien la obra se digiere sin densidad, surge la pregunta acerca de cómo proponer una mirada crítica desde una puesta escénica de “lo argentino” dirigido por una coreógrafa francesa, que si bien fue asesorada, no deja de pintar una “argentinidad” externa, una mirada sobre la historia propia desde el lugar del otro. Una propuesta que puede entretener mucho en Europa.

Qué: El baile
Quién: Concepción: Mathilde Monnier y Alan Pauls.- Dirección: Mathilde Monnier. Interpretación: Martín Gil, Lucas Lagomarsino, Samanta Leder, Pablo Lugones, Ari Lutzker, Carmen Pereiro Numer, Valeria Polorena, Lucía García Pulles, Celia Argüello Rena, Delfina Thiel, Florencia Vecino y Daniel Wendler. – Dramaturgia: Véronique Timsit.- Escenografía y vestuario: Annie Tolleter.- Diseño de iluminación: Eric Wurtz.- Diseño sonoro: Olivier Renouf.- Asesor musical: Sergio Pujol.- Entrenamiento vocal: Bárbara Togander, Daniel Wendler.- Asistencia coreográfica: Marie Bardet.- Asistencia de ensayo en gira: Corinne García.- Colaboración artística: Anne Fontanesi.- Difusión internacional: Julie Le Gall.- Producción y colaboración artística: Nicolás Roux.- Coordinación de producción: Natalia Uccello.- Producción técnica: Emilia Martínez Domina.- Asistencia de dirección: Tamara Correa, Leo Méndez.-

Dónde: Teatro San Martín.-  Corrientes 1531

PALÍNDROMA

“Un palíndromo (del griego palin dromein, volver a ir atrás), también llamado palindromo, palíndroma o palindroma, es una palabra, número o frase que se lee igual adelante que atrás.”
Con el título algo se avizora, sin embargo, no logra apaciguar la intriga de lo que se verá.
Ella entra en penumbras mientras un foco por la pared la busca, la sigue. Un foco que es como una luna llena ascendiendo desde el suelo hasta el cielo.
Busca, no encuentra y vuelve. Se deslizan juntas la luz y la bailarina. Ella y sus dos sombras.
Así comienza un recorrido que es como una escritura espontánea, del momento.
Observa el espacio, hoja en blanco donde sus movimientos irán trazando una grafía.
Los tonos verdes en el vestuario se escurren en la luz plana que cubre ahora la sala. Ella mira, piensa, calcula, se desplaza. Con la cinta de pintor traza y une líneas hasta armar un diagrama en el suelo plagado de señales. El espectador observa atento, ¿serán las marcas de un recorrido, de un inicio, de un final?
Como si fuera la señalización visible de una danza invisible pero real, avanza y retrocede por los caminos trazados, los fija, los apresa y los repite.
Quedan grabados en la cinta de su memoria que ahora le posibilita rebobinar, volver atrás, pausar, detenerse, corregir, retomar.
Juega con la danza como si fuera una filmación, una película con un guion escrito sobre el que montar y desmontar, probar y cortar, avanzar y repetir.  
Toda una constelación personal entre lo que trazan sus movimientos y las marcas en el recorrido. Como en la vida, lo que uno transita y repite, el ir y venir por un trayecto para aprenderlo, incorporarlo. También la cristalización de lo conocido, la costumbre, el encierro en el mismo interminable circuito.
Danza como reconocimiento y desconocimiento, como un sueño donde la intérprete viaja sonámbula junto al desplazamiento de su sombra, de lo otro de sí misma, donde se conjura para librarse de lo que la hace ser. ¿Cómo desandar la experiencia de un cuerpo? ¿Cómo exorcizarse una misma?
Este palíndromo nombrado en femenino se empodera y se construye cual trance esclarecedor, para desplegar la pregunta sobre la capacidad o incapacidad de re escritura de las cosas a través de un cuerpo que crea más que una danza, una vida.

Qué: Palíndroma
Quién: Idea y Dirección: Margarita Molfino, William Prociuk.- Coreografía e interpretación: Margarita Molfino.- Vestuario: Maria Gonzalez.- Diseño de luces: Matías Sendón.- Música original: Martín Bosa.- Operación de luces: Sebastián Francia, Leandro Orellano.- Fotografía: Lucas Boll, Gisela Filc.- Diseño gráfico: Leonor Barreiro.- Asistencia general: Delfina Dotti.- Asistencia De Escenas: Debora Zanolli.- Colaboración artística: Agustina Muñoz.- Duración: 50 minutos.-
Dónde: ESPACIO CALLEJÓN Humahuaca 3759 Teléfonos: 4862-1167

Web: http://espaciocallejon.com/